NUEVA SEDE NACIONAL: C/ Altamirano, 50 -1er. Piso 28008 MADRID.
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«YO SÓLO CUMPLÍA ÓRDENES»: LA EXCUSA DE QUIEN COLABORA CON LOS MALVADOS Y DESPUÉS PRETENDE JUSTIFICARSE
Hay una frase atribuida a Maquiavelo que resume como pocas uno de los mecanismos esenciales del poder:
«Quien controla el miedo de la gente se convierte en el dueño de sus almas».
El miedo.
Siempre el miedo.
Miedo a perder el puesto.
Miedo a no ascender.
Miedo al traslado.
Miedo al expediente.
Miedo al superior.
Miedo al ministro.
Miedo al partido.
Miedo al Gobierno.
Miedo al periódico.
Miedo a las redes sociales.
Miedo a ser señalado.
Miedo a convertirse en apestado.
Miedo a que lo llamen fascista, racista, xenófobo, insolidario o cualquier otro término convertido en garrote para conseguir obediencia.
El miedo explica muchas cosas.
Explica por qué hombres que en su casa se consideran decentes ejecutan órdenes que saben indecentes.
Explica por qué funcionarios que conocen la ley prefieren no verla.
Explica por qué políticos que en privado reconocen una barbaridad la votan disciplinadamente en público.
Explica por qué mandos que saben lo que ocurre callan.
Explica por qué quien tenía obligación de actuar decide que lo más prudente consiste en no darse por enterado.
Y cuando llega el momento de dar explicaciones aparece la frase universal:
—Yo sólo cumplía órdenes.
No hay confesión más reveladora.
Porque quien pronuncia esas palabras sabe perfectamente que tiene algo que justificar.
LA COARTADA MÁS VIEJA DEL MUNDO
La obediencia es necesaria.
Sin jerarquía no hay ejército.
Sin mando no hay policía.
Sin normas no existe Administración.
Sin disciplina cualquier organización se descompone.
Pero obedecer no significa dejar de ser responsable de los propios actos.
Un uniforme no extirpa la conciencia.
Un nombramiento no convierte al funcionario en autómata.
Un sueldo público no concede licencia para prescindir del juicio moral.
Una orden no transforma mágicamente lo injusto en justo.
Ni lo ilegal en legal.
Ni lo indigno en digno.
Existe una frontera que ninguna jerarquía legítima puede atravesar:
la conciencia de quien ejecuta.
Cuando la orden exige delinquir, prevaricar, encubrir, falsear, permitir deliberadamente una injusticia o mirar hacia otro lado ante aquello que se tiene obligación de impedir, el subordinado deja de ser una simple pieza administrativa.
Se convierte en participante.
En colaborador.
Y, llegado el caso, en cómplice.
Después podrá explicarlo.
Podrá contar sus miedos.
Podrá describir las presiones.
Podrá señalar a quien ordenó.
Podrá recordar que tenía hijos, hipoteca, carrera profesional y una jubilación próxima.
Todo eso explica su conducta.
Pero no la convierte en honorable.
NÚREMBERG: «ME LO ORDENARON» NO BASTA
Después de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad tuvo que enfrentarse precisamente a ese problema.
Miles de hombres habían participado en una maquinaria criminal y muchos recurrieron al mismo argumento:
cumplíamos órdenes.
La respuesta surgida de Núremberg fue decisiva.
La existencia de una orden superior no elimina por sí misma la responsabilidad cuando el subordinado podía comprender la naturaleza criminal de aquello que estaba haciendo.
Era imprescindible establecerlo.
De lo contrario, cualquier atrocidad organizada habría quedado sin responsables.
El gobernante habría culpado al ministro.
El ministro al general.
El general al coronel.
El coronel al capitán.
El capitán al sargento.
El sargento al soldado.
Y el soldado habría señalado hacia arriba.
Al final nadie habría hecho nada.
Una matanza sin asesinos.
Una deportación sin deportadores.
Una tortura sin torturadores.
Una injusticia sin injustos.
Ése es precisamente uno de los grandes trucos de la obediencia organizada:
fragmentar la culpa hasta conseguir que nadie se sienta culpable.
MILGRAM: EL HOMBRE CORRIENTE ANTE LA AUTORIDAD
Stanley Milgram decidió estudiar hasta dónde podía llegar esa obediencia.
Lo hizo mediante uno de los experimentos psicológicos más célebres e inquietantes del siglo XX.
Los participantes creían colaborar en un estudio sobre aprendizaje.
Debían formular preguntas a otro individuo y administrar una descarga eléctrica cada vez que éste respondiera incorrectamente.
Con cada error aumentaba el voltaje.
El supuesto receptor de las descargas comenzaba a protestar.
Después gritaba.
Pedía que terminaran.
Manifestaba dolor.
Finalmente dejaba incluso de responder.
Las descargas eran falsas.
Pero quienes pulsaban los interruptores no lo sabían.
Creían que podían estar causando un sufrimiento real.
Y, aun así, muchos continuaban.
¿Por qué?
Porque un hombre con bata blanca, representante de la autoridad científica, les decía que debían seguir.
No había una pistola.
No había cárcel.
No había amenaza contra sus familias.
No había tortura.
Había algo muchísimo más sencillo:
autoridad.
Y una frase:
—Continúe, por favor.
El resultado resultó aterrador.
Personas corrientes fueron capaces de llegar mucho más lejos de lo que ellas mismas probablemente habrían imaginado.
No eran sádicos.
No eran asesinos.
No eran delincuentes.
Eran individuos normales.
Precisamente ahí estaba lo inquietante.
EL MOMENTO EN QUE EL HOMBRE DEJA DE SENTIRSE AUTOR
Milgram puso de manifiesto un fenómeno decisivo.
Cuando una persona acepta completamente una jerarquía puede empezar a dejar de considerarse autora moral de lo que hace.
Ya no piensa:
«Estoy haciendo esto».
Empieza a pensar:
«Estoy haciendo lo que me han ordenado».
Parece un pequeño cambio.
Es gigantesco.
En el primer caso existe responsabilidad.
En el segundo aparece la coartada.
El sujeto desplaza la culpa hacia arriba.
El superior decide.
Yo ejecuto.
El ministro ordena.
Yo firmo.
El Gobierno decide.
Yo tramito.
El mando dispone.
Yo cumplo.
Y así la conciencia queda anestesiada mediante el organigrama.
HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL
Hannah Arendt encontró otro rostro del mismo fenómeno durante el juicio de Adolf Eichmann.
Lo perturbador no fue encontrarse ante un monstruo de apariencia monstruosa.
Fue encontrarse ante un burócrata.
Un hombre gris.
Un individuo vulgar.
Alguien capaz de hablar durante horas de órdenes, reglamentos, competencias, jerarquías, traslados y procedimientos.
Eichmann pretendía presentarse como una pieza de una maquinaria mucho mayor.
Él no decidía.
Él organizaba.
Él obedecía.
Él cumplía.
De esa observación nació su famosa expresión:
«la banalidad del mal».
No significa que el mal sea insignificante.
Ni que los crímenes sean banales.
Significa algo mucho más inquietante:
para participar en un mal gigantesco no siempre es necesario ser un monstruo.
Puede bastar con ser un funcionario obediente.
Un empleado eficaz.
Un subordinado disciplinado.
Un hombre que jamás pregunta si aquello que hace está bien, porque considera suficiente saber que alguien situado por encima se lo ha ordenado.
El mal alcanza entonces su forma más peligrosa.
No necesita entusiasmo.
No necesita odio.
No necesita fanáticos.
Le bastan individuos que han renunciado a pensar.
«NO ERA MI RESPONSABILIDAD»
Ahí aparecen las frases que acompañan todas las grandes dejaciones:
«No era asunto mío».
«No tenía competencia».
«Esperaba instrucciones».
«No podía hacer otra cosa».
«Cumplí el procedimiento».
«La decisión venía de arriba».
«Yo sólo firmé».
«Yo sólo tramité».
«Yo sólo obedecí».
Una detrás de otra parecen inocentes.
Juntas pueden construir una catástrofe.
Porque las grandes injusticias rara vez necesitan que todos sean malvados.
Basta con que unos cuantos quieran hacer el mal y muchos otros decidan no complicarse la vida.
EL MAL NECESITA COBARDES
Los malvados solos suelen ser pocos.
Necesitan ayuda.
Necesitan obedientes.
Necesitan silenciosos.
Necesitan prudentes.
Necesitan funcionarios que quieran conservar el puesto.
Necesitan políticos que quieran conservar el escaño.
Necesitan mandos que quieran conservar el ascenso.
Necesitan periodistas que quieran conservar el acceso.
Necesitan ciudadanos que prefieran no meterse en problemas.
Necesitan, sobre todo, miedo.
Por eso el miedo es una formidable herramienta de dominación.
Quien consigue que un hombre tema más al superior que a su propia conciencia ya lo tiene medio sometido.
Quien consigue que tema más perder el puesto que faltar a su deber ha obtenido un servidor magnífico.
Y quien consigue extender ese comportamiento por toda una Administración puede cometer enormes abusos sin necesitar ordenar expresamente cada uno de ellos.
La gente aprende.
Comprende lo que conviene.
Intuye lo que se espera.
Y obedece incluso antes de recibir la orden.
MIRAR HACIA OTRO LADO TAMBIÉN ES UNA DECISIÓN
Hay otra forma especialmente cómoda de colaboración.
No hacer nada.
Nos gusta imaginar el mal como acción.
Golpear.
Robar.
Matar.
Mentir.
Traicionar.
Pero puede ejercerse también mediante la omisión.
No detener.
No impedir.
No investigar.
No denunciar.
No proteger.
No informar.
No auxiliar.
No advertir.
No reforzar una frontera.
No exigir responsabilidades.
No responder a una agresión.
No hacer aquello que se tiene obligación de hacer.
Quien contempla una injusticia que está obligado a impedir y decide mirar hacia otro lado ha tomado una decisión.
Ha decidido no impedirla.
Y en determinadas circunstancias esa omisión puede resultar tan útil para el malvado como la colaboración activa.
EL EXTRAORDINARIO PAÍS DE NADIE
La irresponsabilidad administrativa produce después situaciones casi cómicas si no fueran trágicas.
Nadie sabía nada.
Nadie dio la orden.
Nadie recibió información.
Nadie tenía competencia.
Nadie podía actuar.
Nadie pudo preverlo.
Nadie era responsable.
Sin embargo, ocurrió.
El inferior esperaba al superior.
El superior al director.
El director al secretario de Estado.
El secretario de Estado al ministro.
El ministro al presidente.
Y el presidente esperaba que el problema desapareciera.
Mientras todos esperaban, el problema avanzaba.
Al final el desastre estaba perfectamente terminado.
Sólo faltaba encontrar a su autor.
Y resultaba que no había ninguno.
CEUTA
Eso es precisamente lo que convierte la situación de Ceuta en algo mucho más grave que una sucesión de incidentes fronterizos.
Marruecos no necesita necesariamente conquistarla militarmente.
No necesita tanques.
No necesita aviones.
No necesita artillería.
No necesita provocar una guerra con España.
Existe un procedimiento mucho más barato.
Mucho más paciente.
Mucho menos escandaloso.
Y posiblemente mucho más eficaz:
conseguir que los españoles de Ceuta acaben marchándose.
PRIMERO, EL MIEDO
Para vaciar una ciudad no siempre hace falta expulsar a sus habitantes.
Puede bastar con hacer que dejen de creer en su futuro.
Que una familia empiece a preguntarse si merece la pena criar allí a sus hijos.
Que un comerciante deje de invertir.
Que un funcionario solicite traslado.
Que un profesional prefiera Málaga, Cádiz, Sevilla o Madrid.
Que los jóvenes estudien en la Península y no regresen.
Que quienes poseen una vivienda piensen en venderla.
Que cada crisis fronteriza introduzca una nueva dosis de incertidumbre.
Que cada actuación de Marruecos demuestre que puede elevar la tensión cuando quiera.
Y, sobre todo, que cada respuesta española transmita una impresión:
estáis solos.
No hace falta decirlo.
Basta con demostrarlo.
DESPUÉS, EL CANSANCIO
El miedo mantenido durante años produce agotamiento.
Y el agotamiento termina modificando las decisiones humanas.
Una familia no piensa en geopolítica cuando decide mudarse.
Piensa en sus hijos.
En su negocio.
En su seguridad.
En su tranquilidad.
En su futuro.
Si suficientes familias llegan a la misma conclusión, comienza el vaciamiento.
Primero unas pocas.
Después cientos.
Después miles.
La población envejece.
Los jóvenes se marchan.
Los negocios pierden clientela.
Disminuye la inversión.
Se deteriora el optimismo.
Y poco a poco cambia algo mucho más importante que las estadísticas:
el sentimiento de permanencia.
NO HACE FALTA ARRANCAR UNA BANDERA
Solemos imaginar la pérdida de un territorio mediante la imagen clásica de una bandera que baja y otra que sube.
Pero la verdadera derrota puede haber ocurrido mucho antes.
Un territorio empieza a perderse cuando sus habitantes dejan de creer que merece la pena permanecer en él.
Primero se pierde la confianza.
Después la población.
Después la actividad.
Después el arraigo.
Después la voluntad.
La bandera puede continuar durante años en el mástil.
Pero algo esencial habrá empezado a desaparecer.
MARRUECOS PUEDE ESPERAR
Ésa es precisamente la ventaja de una estrategia de desgaste.
No exige una victoria inmediata.
Exige paciencia.
Esperar.
Esperar a que España dude.
Esperar a que los gobiernos contemporicen.
Esperar a que las autoridades teman tomar decisiones.
Esperar a que cada mando piense que el problema corresponde a otro.
Esperar a que cada funcionario cumpla su pequeño cometido sin preguntarse por el resultado general.
Esperar a que cada crisis produzca unos cuantos españoles menos en Ceuta.
Esperar a que el cansancio haga aquello que un ejército tendría enormes dificultades para conseguir.
MILGRAM EN LA FRONTERA
La gran enseñanza de Milgram no consiste solamente en que podemos obedecer órdenes terribles.
Consiste también en comprender la enorme fuerza psicológica de la autoridad.
El hombre puede saber que algo está mal y, aun así, continuar.
Puede protestar mientras obedece.
Puede sentirse incómodo mientras firma.
Puede manifestar dudas mientras ejecuta.
Puede incluso declararse contrario a la decisión.
Pero finalmente pulsa el interruptor.
Eso es lo decisivo.
No lo que dice.
Lo que hace.
En política y en la Administración abundan los indignados privados.
Hombres que confiesan en una conversación:
«Esto es una barbaridad».
Y después hacen exactamente aquello que consideran una barbaridad.
Milgram probablemente habría reconocido perfectamente el mecanismo.
ARENDT EN EL DESPACHO
Arendt también lo habría reconocido.
El burócrata no necesita odiar a la víctima.
Le basta con procesar el expediente.
El funcionario no necesita aprobar el resultado final.
Le basta con cumplir su parte.
El político no necesita estar convencido.
Le basta con votar.
El mando no necesita compartir la decisión.
Le basta con ejecutarla.
El periodista no necesita mentir descaradamente.
Le basta con callar aquello que incomoda.
La suma de todos esos pequeños actos puede producir un resultado monstruoso sin que casi ninguno de los participantes se considere monstruo.
Ésa es precisamente la banalidad del mal.
LA GRAN PREGUNTA
Por eso la pregunta verdaderamente importante no es:
«¿Quién dio la orden?»
Hay otra anterior:
«¿Quién estuvo dispuesto a cumplirla?»
Y otra todavía más incómoda:
«¿Quién sabía lo que estaba ocurriendo y decidió no hacer nada?»
Porque una sociedad decente no puede sostenerse únicamente sobre la amenaza del Código Penal.
Necesita hombres capaces de decir no.
Funcionarios capaces de advertir.
Mandos capaces de negarse.
Políticos capaces de romper la disciplina.
Periodistas capaces de contar lo que saben.
Ciudadanos capaces de soportar el precio de disentir.
EL ESLABÓN QUE ROMPE LA CADENA
Toda cadena de obediencia tiene un punto débil.
Un hombre.
Una conciencia.
Alguien que puede preguntar:
—¿Esto es legal?
—¿Esto es justo?
—¿Quién responde de esto?
—¿Por qué debo hacerlo?
Y finalmente:
—No.
Ese «no» puede costar mucho.
Un cargo.
Un ascenso.
Un destino.
Una amistad.
Una carrera.
Pero hay momentos en los que ése es exactamente el precio de conservar la dignidad.
La cobardía también tiene precio.
Sólo que normalmente lo pagan otros.
LOS CEUTÍES NO TIENEN POR QUÉ SER HÉROES
Los habitantes de Ceuta no tienen obligación de convertirse en héroes para compensar las cobardías ajenas.
No tienen por qué arriesgar permanentemente su patrimonio.
Ni la tranquilidad de sus familias.
Ni el porvenir de sus hijos.
Ni su seguridad.
Tienen derecho a algo mucho más sencillo:
que España ejerza como España.
Que defienda su frontera.
Que proteja a sus ciudadanos.
Que exija a Marruecos el respeto debido.
Que responda a cada presión.
Que deje claro que Ceuta no está disponible.
Que quienes tienen obligación de actuar actúen.
Y que quien no esté dispuesto a asumir esa responsabilidad abandone el cargo.
«YO SÓLO CUMPLÍA ÓRDENES»
Algún día, si todo acaba mal, volveremos a escuchar la vieja letanía.
Yo no decidía.
Yo no sabía.
Yo no podía.
Yo no tenía competencia.
Yo sólo cumplía órdenes.
Yo esperé instrucciones.
Yo hice lo que me dijeron.
Yo cumplí el protocolo.
Yo obedecí.
Será entonces cuando convenga recordar a Milgram.
Y a Hannah Arendt.
Porque ambos nos dejaron una advertencia extraordinariamente incómoda:
el mal no siempre avanza porque existan muchos malvados.
Muchas veces avanza porque existen demasiados obedientes.
Demasiados cobardes.
Demasiados silenciosos.
Demasiados hombres convencidos de que conservar el puesto constituye una obligación superior a cumplir con su deber.
Y demasiadas personas dispuestas a justificar mañana aquello que consintieron hoy.
SIN DISPARAR UN SOLO TIRO
Ése es el desenlace que España debe impedir.
Que Marruecos consiga algún día mediante paciencia aquello que probablemente no podría conseguir sin afrontar un precio enorme mediante las armas.
Que Ceuta se vacíe lentamente.
Que los españoles se marchen.
Que el tejido económico se debilite.
Que el arraigo desaparezca.
Que llegue después algún estadista de salón a explicar que debemos aceptar «la nueva realidad».
Una realidad cuidadosamente fabricada durante años.
Sin batalla.
Sin invasión convencional.
Sin artillería.
Sin muertos.
Sin necesidad siquiera de disparar un solo tiro.
Sólo mediante miedo.
Presión.
Cansancio.
Silencio.
Obediencia.
Y una interminable cadena de hombres que, llegado el momento, levantarán las manos y dirán:
«Yo sólo cumplía órdenes».
No.
Cumplir órdenes también es actuar.
Callar también es decidir.
Mirar hacia otro lado también tiene consecuencias.
Y quien ayuda a los malvados —por acción, por omisión, por miedo o por obediencia— no puede pretender después salir moralmente limpio alegando que otro mandaba.
Porque llegará un momento en que ya no importe quién dio la primera orden.
Importará quién tuvo la oportunidad de detener el mal…
y prefirió obedecer.
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